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Bea Villamarín. "Camino de Liquen Negro" Manuel Vilariño

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MANUEL VILARIÑO, Animal insomne 2, 220x220 cm, gelatina de plata sobre aluminio, 2007.jpg

Fecha: del 28 de Octubre al 13 de Diciembre de 2016 .
Horario: de lunes a viernes de 11:00 a 14:00 y de 17:30 a 21:00 sábados de 10:30 a 14:00 y tarde con visita concertada .
Dirección: C/San Antonio Nº 5. 33201 Gijón .
www.beavillamarín.com

La obra de Manuel Vilariño se muestra con una serenidad paradójica. Nos habla desde una absorbente proximidad con el gesto calmado, suavizado – también insomne, o sonámbulo- , como con la mirada por dentro. Hay una luminosidad tranquila, interior, donde se abre el momento indeciso, licuado - justamente como el golpe de un hielo ártico de los que retrata Vilariño- que, al tiempo, irreparablemente, se aleja. En los paisajes que presenta el fotógrafo -una playa, una montaña de lava negra aterciopelada en el norte de Europa, las rocas heladas y los icebergs del polo- la naturaleza – mar y cielo, al cabo- se abre de esa manera. Como si la mirada guardase el temblor de una mariposa en vuelo, con la indecisión de quien desea capturar lo lejano desde lo más lejano. Allí donde el fotógrafo, que es poeta, desearía dar nombre a la pura cualidad de lo más elemental y arcaico: el mar, una montaña, un fragmento de lava o fuego. Para mantener ese paisaje abierto en una intimidad que, por decir así, se pierde, como sin horizonte, como en la sombra que generase un colchón de aire, o un aleteo, precisamente. Vilariño nos propone, entonces, una forma de aproximación que participa, al tiempo, del juego del alejamiento. El juego de lo lejano y lo próximo es el modo – o mejor: el vuelo- de su poética. La indecisión o el temblor es lo que relaciona esta cercanía exterior, o esta intimidad lejana. Por ello los elementos de sus paisajes son prácticamente insituables, nunca dados de forma terminante en un lugar y un tiempo; cada uno abriendo su propia campana de espacio, y de duración. La dimensión de la imagen fotográfica siempre ha sido en Vilariño un ámbito de meditación, como en sus bodegones: la mirada se abre a los espacios elementales con especial lentitud, recoge con demora todas y cada una de las partículas radiantes de lo que, vivo, se ilumina y transcurre en el espesor de una propagación tras las tinieblas.Los paisajes de Vilariño, la frontalidad desarmante de sus animales, funcionan también como signos o trazos de una hipnosis. El detalle suave, aterciopelado, de los negros, las texturas como de grafito de sus grises, la mirada próxima de sus criaturas, devoran el ojo. La imagen entonces se abre como un amanecer, o como una boca profunda. De nuevo, es el lugar o el organismo mirado que se proyecta entero como una constelación, como un continente, insondable. Proximidad de lo lejano, como el vuelo de un pájaro, transfigurado en su caída, en su desaparición que es un destello y, al tiempo, ya una sombra. Pues es grande y misterioso el territorio de intimidad que Vilariño guarda con las aves – como con las aguas, y con el fuego-. Acontecimientos puros, cualidad casi intangible del vuelo y de la espuma, del resplandor y el aire. Del fulgor.

Alberto Ruiz de Samaniego.