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Cristina Mato. Fingere de Joaquín Millán en Galería Ansonera.

Joaquín Millán anduvo por Londres sin dejarse olvidada en Madrid su mirada de pintor, su cámara de pintor, sus necesidades de pintor. Esto es importante decirlo pronto: Joaquín Millán vive en la pintura. Decir sólo que “es pintor” sería quedarse corto, quizá porque el verbo ser ha quedado tan reducido que ya apenas comunica identidades, poca cosa: somos madridistas o barcelonistas, somos policías o ladrones, somos altos o bajos, somos blancos o negros.

El proceso de su pintura, de cada una de sus obras vividas y vívidas y vivas, comienza siempre así: una mirada que busca, unos ojos que encuentran, a veces una cámara que caza y entonces la iluminación de un posible futuro en el que comience lo que no deja de ser un combate de la materia contra la luz. “Tengo presente que la luz máxima está en el lienzo en blanco y con cada pincelada tratando de avanzar, aportando precisión, dibujo…se pierde algo importante, la luz”, me escribió Millán en un mensaje acerca de cómo era el proceso de pintura de sus obras. Y, sin embargo, esas pérdidas de luz son las que hacen aparecer ante nosotros la realidad del mundo: el terror es blanco, decía Ruano al final de su diario, como si lo último que se llevara del mundo era precisamente ese estallido de luz que es la luz total. En ese combate entre materia y luz se define un arte antiguo y aun necesario como la pintura.

+ info: catalogo-joaquin-millan-web1

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