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Daniel Verbis, en Córdoba y Sevilla

(Publicado en Diario de Sevilla)

Alicia y el nadador tienen algo que enseñarnos. En ocasiones los discursos llamados profundos no hacen sino demorarse en una contradicción que no saben resolver. Quizá haya que proceder de otro modo: ser consciente de las propias contradicciones, sin volverles la cara (eso hace Alicia), e intentar vivir honestamente esa tensión, al estilo del nadador.

Algo de esto se advierte en la pintura de Daniel Verbis (León, 1968), en su insistencia en los valores de superficie. En un cuadro, titulado Barbapapá disparando al azar, comprime entre sí planos sucesivos (marcos vacíos, lienzos, superficies de madera) sobre los que se recorta una forma. Como si la profundidad no debiera tanto ser contemplada (al modo de la perspectiva) sino sentida en la urgencia de los planos comprimidos.

Estos valores de superficie se manifiestan además en estas dos exposiciones, en grandes pinturas que se expanden directamente sobre los muros de la sala. Transforman, así, el espacio del recinto, pero también alteran el tiempo de la mirada: en lugar de empujarla a presuntas lejanías, la invitan a recorrer los ritmos vivos de las líneas o a enredarse en una madeja de caminos posibles, un laberinto que quizá aluda a las estrategias del deseo.

Tal vez pueda relacionarse con el deseo la insistencia de Verbis en el aspecto líquido de las formas. Estamos tan acostumbrados a formas fijas y firmes que apenas somos capaces de leer en nuestro propio interior el impulso del deseo: preferencias y rechazos, amores y desamores, miedos y afanes. Alguien dijo que el deseo era la misma esencia del hombre pero le tenemos miedo y preferimos casi siempre vivir bajo la protección de la norma (y el dolor de la culpa) antes que exponernos a sus alternancias. Verbis propone a la mirada, más que el consuelo de las figuras firmes, formas que parecen en vías de consolidación o que tal vez estén comenzando a degradarse. Son formas efímeras de una materia que fluye sin cesar. Así ocurre en Fondo marino (galería Rafael Ortiz) o en los óvalos (¿o remolinos?) titulados Navajita, tijerita, ojo de buey, expuestos en Córdoba. Obras que, además de mostrar un cuidadoso y difícil trabajo pictórico, hacen pensar en que no es el tiempo el que pasa ni el río el que fluye, sino que el cambio anida en nosotros.

Una idea parecida encierran las cuidadas esculturas de las series G y Corpus spongiosum. Son figuras envueltas que parecen proteger su interior, guardarlo, reservándolo del medio. Pero en sus pulidas superficies asoman formas más irregulares, como sensores que, pese a aquella reserva, siguen en contacto con el entorno que las afecta con sus mensajes. También estas obras hablan de nosotros. Puede que el afán de ser consecuentes y coherentes con nosotros mismos nos lleve a rehuir lo diferente, desconfiar de lo nuevo o recelar del rostro del otro. Pero vivir es exponerse a cuanto nos rodea o al menos intentarlo, como sugiere la serie Hide your shell: los moluscos fotografiados se deshacen en explosiones de pintura.

Lamentaba Marcel Duchamp que la mayoría de los pintores de su época se interesaban mucho por la habilidad manual y muy poco por las ideas. Verbis no desprecia ninguna de las dos dimensiones. Ajusta su trabajo a las ideas que quiere plantear: maneja con soltura la pintura, busca nuevos soportes que se presten a su quehacer, maneja diversos materiales (como los hilos de lana en la serie Nido). Es además un lector incansable. De su buen escribir dan fe sus aforismos, cruzados frecuentemente por una ácida ironía. El catálogo de las muestras recoge, además de las obras expuestas, textos escritos por él y citas de sus lecturas. En tal sentido se acerca al libro de artista: las diversas obras aparecen precedidas de textos que enriquecen su comprensión desde la propia óptica del autor que, así, se expone también en el catálogo.

Vida Láctea Galería Rafael Ortiz. C/ Mármoles, 12. Sevilla. Hasta el 24 de julio. Maleline Sala Vimcorsa. C/ Ángel de Saavedra, 9. Córdoba. Hasta el 31 de agosto