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Exposición de Bernardí Roig en la Fundación Seoane en la Coruña: Teorema (interrumpido)

Del 6 de octubre hasta el 15 de enero de 2012.

Comisario_ Fernando Castro Flórez

LAS OBRAS DE BERNARDÍ ROIG tienen, en ocasiones, las cualidades del espejo, atrapando y deformando nuestra imagen, o bien nos localizan en el otro lado de una escena teatral. La mirada está siempre en dificultades, transformada en llama, avasallada por la luz artificial: “La mirada calcinada habla no de la ceguera sino de la obturación –explica Roig-, de la imposibilidad de mirar por ser incapaz de ver. Vivimos en un modo demasiado visible y transparente y no hay ambigüedad, ni ninguna posibilidad de misterio, ningún resquicio para que uno construya desde dentro el mundo real”. En esa obturación se produce la quiebra y desvanecimiento de lo simbólico así como del sustrato fundamental del deseo. El esfuerzo de Bernardí Roig es el de hacer ver aunque sea para mirar la ausencia por medio de figuras que son siempre como materia de la ficción. Basta recordar la narración plástica de enorme intensidad que organizó en torno al acontecimiento “doméstico” de la caída de la lámpara que concluía con un vídeo seminal de un personaje caminando erráticamente por la madrileña Casa de Campo, en una noche cerrada con una lámpara encendida a sus espaldas, intentando dar con una prostituta que pudiera

saciar sus salvajes deseos.

En la obra de Bernardí Roig hay una atención constante a lo obsceno, así como una representación del hombre, en el crepúsculo, cuando los gestos son muecas y la mirada es incendiaria. La obra de Bernardí Roig se subleva contra la amnesia, defendiendo la memoria como parte de un espacio contemplativo. La exposición Teorema (interrumpido) de Bernardí Roig en la Fundación Luis Seoane de A Coruña recopila lo que podemos denominar sus “piezas fílmicas”, esto es, aquellas en las que el elemento central tiene que ver con la cita cinematográfica en una estrategia muy peculiar de apropiacionismo que da lugar a imágenes dialécticas. El vídeo del hombre de la lámpara sirve como preámbulo de una serie de obras en que las re-interpreta, por ejemplo, Blow Up de Antonioni, Blue Veltet de David Lynch, Teorema de Pasolini, Gritos y susurros de Bergman, El enigma de Gaspar Hauser de Herzog, Camaleón de John Lesley, El año pasado en Marienbad de Alain Resnais, Nostalgia de Tarkovsky o El italiano basado en un texto de Thomas Bernhard. El “apropiacionismo” de Bernardí Roig no tiene nada que ver con la anestesia del gusto que está en la base de los ready-mades, al contrario, sus elecciones tienen que ver con una cartografía estética personal en la que no se detiene en el acto ritual del mero homenaje sino que saca partido de lo que Comolli calificara como “la fatalidad ficcional del cine”. Este artista que ha sido capaz de abandonarse a la blancura, semejante a aquel tono vital de indecisión e incluso torpeza innegable de los personajes de Bresson, también ha evitado convertir sus “lecturas” de las imágenes fílmicas en una pedagogía de lo obvio, al contrario, prefiere dejar el sentido en suspenso e incluso tomar la decisión drástica de coserse la boca.

La fotografía y el cine, aunque sean documentales, no pueden limitarse a registrar pasivamente el acontecimiento; llega un momento en que el deseo del público exige que lo provoquen. Ése es el estadio de lo sensacional: “Ya no basta –apunta Bazin- con cazar el león si no devora a los cargadores”. Pero no es tanto la provocación lo que busca Bernardí Roig sino una especie de forclusión voluntaria en la que nos lleva desde la perplejidad o el horror a un cuestionamiento de nuestra posición como espectadores de la teatralización artística.

Bernardí Roig usa secuencias cinematográficas poniendo en práctica el detournement sin intención citacionista sino planteando una estrategia de interrupción semejante a las que puso en escena Brecht. No hay ninguna búsqueda de la catarsis aristotélica, lejos queda el temor o la compasión, del mismo modo que lo épico está desmantelado. Desde Bazin sabemos que la pantalla de cine no funciona como el marco de un cuadro, sino con “un cache que sólo muestra una parte del acontecimiento”. Bernardí Roig actúa como un intruso y nos obliga a mirar de otra manera, al apropiarse de las imágenes fílmicas en cierta medida las “ralentiza”, da por sentado que el cine es el arte del montaje, la estrategia más intensa de cortes y composiciones. El encuadre es una oscilación entre la conciencia del entorno y la conciencia del contenido. En cierto sentido se produce un vaivén que sitúa al espectador en una dimensión de ambivalencia. Rossellini lanzó una consigna fatal: “Las cosas están ahí, ¿por qué manipularlas?”. Para Bernardí Roig no cabe tomar la realidad como material en bruto ni pretende sedimentar lo que pasa, su actitud es precisamente la de manipular un material preexistente, encuadrar, seleccionar, intensificar lo punctual.

El hombre de la lámpara parece ignorar que su “iluminación exagerada” es propiamente la que impide el encuentro con el objeto del deseo; más tarde giraría en torno a un muro con una máscara de fuego abrasador. Las apropiaciones fílmicas de Bernardí Roig nombran la mutilación (Bergman), el sadismo (Lynch), la persecución fatal y, al mismo tiempo, angélica (Pasolini), la inmolación (Tarkovski), el freakismo del “salvaje” (Herzog), la dolorosa cancelación de la palabra (Resnais) e incluso la escena (in)visible del crimen (Antonioni). Desde el marco vacío y el patio de butacas quemadas hasta el funeral filmado a partir de Bernhard se extiende una zona que tiene como fundamento la certeza de que toda la pintura existe como resto calcinado o como fantasma en un cráneo desazonador; si era “cosa mental” es únicamente como algo a punto de caer en ruina total: las visiones capitales aparecen cuando todo ha terminado. Las cabezas de Bernardí Roig son más que “borradoras” siniestras, ahí lo imaginario está enfrentado a lo inhóspito. El teorema (de la soledad y la incomprensión) queda interrumpido, justamente, en el momento de la autopsia y tal vez lo único sensato sea comprar un ataúd lujoso. Bernardí Roig apuntó, en Binissalem, que “cuando uno mira en su interior sumerge la mirada en el corazón mismo de la catástrofe” pero también puede suceder que lo único que veamos sea unas cajas reventadas dentro de las que parpadean unas luces mientras escuchamos el monólogo de

Domenico en Nostalgia de Tarkovsky. En vez de contemplar la inmolación terminamos comprobando que el silencio más tenso se impone.

Teorema (interrumpido) es la primera selección curatorial de las piezas “fílmicas” y las vídeoinstalaciones de Bernardí Roig. Con motivo de esta muestra se editará un libro con textos de

Fernando Castro Flórez, Miguel Ángel Hernández Navarro, Enrique Vila-Matas, Alberto Ruiz de

Samaniego y Omar Clabrese.

Fundación Luis Seoane

San Francisco s/n 15001 A Coruña

T. 981 216315

F. 981 216379