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La Galería Gema LLamazares presenta la exposición: Natura Silente

Inauguración: 5 de noviembre de 2010

Hasta el 31 de enero

Comisario: Dís Berlín

Artistas participantes: Melquíades Álvarez, Juan José Aquerreta, Enric Balanzá, Andrea Bloise, Dis Berlín, Reyes Díaz Blanco, Marcelo Fuentes, Miguel Galano, Emilio González, Angélica Kaak, José Luis Mazarío, Chema Peralta, Alberto Pina, Sara Quintero, Esther Revuelta, Gonzalo Sicre.

OBJETOS EN SILENCIO

El día de mañana se verá que en este entre-dos-siglos español, nadie ha habido tan convencido como el pintor y agitador Dis Berlin de que la pintura es una actividad que tiene sentido, y de que, concretamente, también tiene sentido planteársela en términos figurativos. Proyecto evidentemente a contracorriente, y ese es uno de sus méritos. Proyecto que ha logrado tornar visible, mediante una serie de colectivas de tendencia –la primera, en 1991, fue El retorno del hijo pródigo, celebrada primero en Madrid, en Buades, y luego en Murcia, en el marco del festival Contraparada-, la existencia de una línea de figuración metafísica que si para no pocos de mis colegas sencillamente no existe –ellos se la pierden-, para otros, entre los cuales me encuentro, constituye uno de los fenómenos más notables de nuestra escena contemporánea.

En esta ocasión, para Gema Llamazares, galerista de Gijón, Dis Berlin ha convocado a dieciseis de estos pintores afines, bajo el signo de la Natura silente, así, en italiano.

Tres asturianos, dos cántabros, dos valencianos, un cartagenero, siete madrileños (pero sólo tres de ellos nacidos en la capital), han sido los elegidos, a los cuales hay que sumar al propio promotor de la iniciativa, hoy residente en Aranjuez. Casi todos ellos –con la excepción de Melquiades Álvarez, Reyes Díaz Blanco y Esther Revuelta, fichajes nuevos- son viejos conocidos de cuantos hemos seguido la saga de las colectivas disberlinesas, o la de algunas en su estela, como las que han comisariado Enrique Andrés Ruiz, Raúl Eguizábal, el desaparecido Dámaso Santos Amestoy, o Álvaro Villacieros.

“Provincia blanca” para Pelayo Ortega, “hijo pródigo” sobre el cual Dis Berlin escribió en su momento cosas tan atinadas, Gijón no es mal sitio para reflexionar sobre esta herencia. También Melquiades Álvarez y Reyes Díaz Blanco la hacen frecuente objeto de su pintura. Recordar, por lo demás, que la estupenda arquitectura funcionalista que allá surgió en los años veinte y treinta, ha sido objeto del correspondiente registro por parte de Damián Flores. Y Oviedo, donde vive y pinta Galano, no está lejos.

Una cierta afinidad espiritual une a asturianos como los mencionados, con dos pintores de la vecina Cantabria, Emilio González Sáinz y José Luis Mazarío. Al primero para visitarlo hay que trepar hasta Casar de Periedo, un pueblecito alto y perdido, cerca de Cabezón de la Sal, en un entorno bucólico, como de poema de Francis Jammes. El segundo, que pasa temporadas en el campo, tiene sin embargo su estudio principal, diminuto, e inverosímilmente abarrotado, en la periferia de Santander. Ambos son artistas de Siboney, una de las galerías que más pendientes han estado de esta familia estética.

Fue Levante –tanto Valencia, como Cartagena- tierra donde durante los años ochenta y sobre todo noventa, proliferaron las nuevas voces figurativas, y donde sucedieron cosas importantes para la consolidación de este ángulo de la escena. En 2000 Nicolás Sánchez Durá y yo mismo fijamos las líneas maestras de la situación en aquella zona, en nuestra colectiva Muelle de Levante. De esa procedencia geográfica –no hay que olvidar que Dis Berlin pasó unos años en Denia- son aquí los trabajos de Enric Balanzá, Marcelo Fuentes y Gonzalo Sicre.

En el propio Madrid, la argentina Andrea Bloise, la holandesa Angie Kaak, Chema Peralta, Alberto Pina y Sara Quintero, están desde hace tiempo entre las apuestas disberlinesas; a la lista se suma ahora Esther Revuelta. Curiosa esta concentración femenina, con Peralta y Pina en minoría, en una escena en la cual cabe recordar además los casos de María Gómez y de Teresa Moro.

Para el final de esta enumeración de los protagonistas de esta colectiva he dejado al pintor más veterano, me refiero naturalmente al navarro Juan José Aquerreta, nacido en la Pamplona de 1946. Solitario en su rincón, en 2001 recibió uno de los Premios Nacionales de Artes Plásticas más justificados –y más atípicos: ya sabe el lector por dónde han ido luego los tiros- de los últimos años. El haberlo incluido en esta muestra constituye por parte de Dis Berlin un explícito homenaje a un gran pintor secreto, necesitado por cierto de una retrospectiva que permita que un público más amplio se familiarice con su universo.

Dis Berlin, para esta nueva colectiva de tendencia, ha elegido el tema de la “natura silente”, del bodegón, de la naturaleza muerta, del “still life”. Género clave en la historia de la pintura occidental. Cada cual tendrá su lista de predilectos al respecto. Uno diría: Zurbarán, Sánchez Cotán, Chardin, Luis Meléndez, Cézanne, Bonnard, Vuillard, Matisse, Derain, Morandi, Filippo de Pisis, Pierre Roy, el asturiano Luis Fernández… más algún alemán de la Nueva Objetividad, con sus cactus y sus mecánicas de precisión. Género maravillosamente practicado también por ciertos maestros japoneses de los siglos XVIII y XIX, y recuerdo al respecto una deslumbrante colectiva en la desaparecida galería que Janette Ostier tenía en la Place des Vosges, de París; colectiva celebrada en 1978, y muy bien titulada: Les objets tranquilles. (Diez años después, pero esa segunda muestra no tuve ocasión de visitarla, la misma sala insistía, con otra colectiva también con un gran título: La voix silencieuse des choses). Género que se infiltra en otros: bodegones, en ciertos interiores de Vermeer o de Hammershoi, o aquí, bodegones con frasca de vino y rebanada de pan, en ciertos paisajes castellanos de Caneja, o mesas abarrotadas de objetos de uso cotidiano, en ciertos interiores de Quesada, de Zabaleta. Bodegones de palabras, también: los objetos que pueblan los interiores (“les chambres qu’on croirait d’inanimés décors”) del belga Georges Rodenbach, o los que son el pretexto único de ciertos poemas cubistas del Pierre Reverdy más grisiano.

El género cuenta, por lo demás, con una rica tradición española –ya he citado en las líneas precedentes a algunos protagonistas de la misma-, como pudo comprobarse en 1999, gracias a la extraordinaria exposición de Francisco Calvo Serraller El bodegón español: De Zurbarán a Picasso, que tuvo por marco el Museo de Bellas Artes de Bilbao, y que por cierto se cerraba, pese a su título, un poco más para acá: con Juan Gris, con Miró, con Dalí, y con Luis Fernández. Excelentes han sido también, en este ámbito, pintores españoles que no figuraban en aquella muestra, y tan distintos entre sí como pueden ser Bores, Pancho Cossío, Ramón Gaya, Carmen Laffón, Antonio López García, Urbano Lugrís, Ucelay, Xavier Valls o Cristino de Vera. Más para acá, cabría mencionar a algunos nombres del Madrid de los ochenta, frecuentados y admirados por cierto por el primer Dis Berlin: Juan Antonio Aguirre, el Alfonso Albacete de En el estudio, el Miguel Ángel Campano de ciertas vanitas, Guillermo Pérez Villalta, Manolo Quejido…

Pero vayamos a las piezas ahora reunidas.

Maestro del bodegón Aquerreta, como lo es del paisaje, de la figura, y cuando le da por ahí, hasta de la abstracción. Los suyos constituyen en verdad un universo silente. Al pamplonés todos, tras los pasos de Alfredo Alcaín, lo hemos visto con un perfil a lo Morandi, aunque como él mismo me lo subrayaba en una ocasión, este, pese a admirarlo –sobre todo, su época metafísica-, no sea, a la postre, uno de sus faros, interesándole más, por ejemplo, Carrà. Tengamos por lo demás un recuerdo, al paso, para Gonzalo Sánchez, fallecido galerista donostiarra que fue el primero en atreverse en apostar por el navarro, en Arco, donde fue expuesto por vez primera el bodegón aquí presente.

Nada extraña la dedicación bodegonística de Galano, conociendo su devoción tanto por Morandi –el asturiano es italiano consorte-, como por Luis Fernández. Aquí el de Tapia nos presenta un mínimo Exvoto que se viene a sumar, temáticamente, a sus altares en la penumbra de pequeñas iglesias de su tierra. Bodegones emocionantes por su extremo despojamiento: una botella de Viña Tondonia, un libro, unas medicinas, una calavera… Y rosas, siempre fernandezcas.

Una calavera, decía. Comparece otra, junto a un busto de escayola, en el misterioso bodegón aquí presente de Mazarío, de raro cromatismo, como suele serlo su pintura, con momentos casi “nabis”.

En el caso de Melquiades Álvarez y de Reyes Díaz Blanco, hay en su pintura un fondo septentrional y melancólico que comparten con Galano, con Pelayo Ortega y con algún otro artista de Septentrión. Sus envíos a la presente colectiva están en esa onda. Extraordinarias, ambas por un lado tenebrista, tanto la botella de ella, emergiendo entre sombras, como la escena frutal de él.

Gran bodegonista el propio Dis Berlin. En su caso, este amor por el género lo es también por los propios objetos, de los cuales es coleccionista empedernido, como de casi todo. Dis Berlin es a la vez una especie de Pierre Roy, y una especie de Joseph Cornell, lo cual casi nos lleva a desear que también practicara el arte de la cámara –en cualquier caso, recortador infatigable de viejas revistas ilustradas, ha practicado con acierto el del fotomontaje-, y pudiera ser también una especie de Paul Outerbridge. Los bodegones constituyen la zona más concentrada y esencial de su obra reciente. De una rara luminosidad, con su punto de artificialidad “fifties”, y ejecutados con la pulcritud acostumbrada, están impregnados de una atmósfera misteriosa, enigmática.

La pieza que representa aquí a Emilio González Sáinz no es un bodegón propiamente dicho, sino una visión de una estancia: un Gabinete azul de curiosidades, con, a la derecha de la escena, la pantalla de una lámpara a lo Vuillard. Pintor barojiano, viajero inmóvil verniano, navegante por mares procelosos, soñador ante cielos surcados por pájaros medievales, explorador de polos, escalador de cumbres nevadas, González Sáinz pinta, con extrema precisión y limpieza, mansiones ideales, que se parecen mucho… a su propio alto refugio, a su propia cálida casa della vita, tapizada de libros y de cuadros amigos, aunque obviamente de menor ringorrango que la de Mario Praz, en Roma.

Cuando uno contempla el cuadro que representa en esta exposición a Marcelo Fuentes, uno comprueba… que nada tiene de bodegón. Y sin embargo… los paisajes urbanos del valenciano, y este es uno de ellos, siempre los hemos leído como si fueran de un Morandi –tercera vez que me veo obligado a citar al maestro boloñés- que en lugar de manipular y pintar tarros o floreros, manipulara y pintara edificios funcionalistas ocres. Bodegón de edificios, pues, como segunda excepción a la regla, tras el gabinete de González Sáinz.

Una tercera y última excepción: Quieren las cenizas, el sombrío, misteriosísimo, casi asfixiante cuadro de Sara Quintero, en el cual, como sucede a menudo en ella, representa una suerte de maqueta de edificio, nos da a ver un microcosmos, metido, en este caso, en una caja.

Belga de origen es el bodegón de cristal y niebla de Sicre, excelente siempre en la evocación de atmósferas idas, o que lo parecen: desasosegante arte modianesco de la memoria, y está claro que Ostende –a donde el gaditano de Cartagena ha peregrinado recientemente tras los pasos de Léon Spilliaert- o Bruselas –aquella serie hotelera, expuesta en 2001 en el Espacio Uno del Reina Sofía- son buenos lugares para practicarlo. Quietud de los objetos, sobre la mesa de un restaurante, una atmósfera en el fondo muy flamenca, muy “maestros de antaño”…

Si Andrea Bloise, compatriota de Xul Solar y autora de algún memorable cuadro porteño con mucho cielo y un poco de “skyline”, contribuye a esta colectiva con un jovial y delicioso Bodegón submarino como de visión infantil, Angie Kaak, por su parte, moradora de un universo lunar y esotérico, bodegoniza, sobre fondo rutilantemente rojo, la flor del algodón. Cardos, en cambio, en el siempre austero y severo y seco Alberto Pina, que ya en Pieza a pieza, aquella colectiva disberlinesa para el Instituto Cervantes, estuvo representado por un lienzo –Flores (2001)- de atmósfera relativamente similar. Origamis y nubes en un espacio irreal –pero que recuerda el de sus esenciales paisajes castellanos-, en Chema Peralta. Mundo flotante, también un poco japonés, casi un poco Henri Michaux, incluso, el que nace bajo los pinceles de Esther Revuelta: Naturaleza en suspensión.

Balanzá, por último, pintor prosaísta, amigo de los pequeños formatos –a veces, agrupados en polípticos-, y que siempre habla como en voz baja, comparece con un Inventario cubista de algunos de los objetos de uso cotidiano que lo rodean en su casa próxima al antiguo cauce del Turia. Representa aquí el arte del dibujo, que por cierto cuenta hoy en Valencia con no pocos excelentes cultivadores, todos ellos muy dados, al igual que el propio Balanzá, al gris, y estoy pensando en el escultor Joan Cardells, en Xisco Mensua, en Rafael Ramírez Blanco, en el tintinesco Manuel Sáez…

El mapa de la España disberlinesa que dibuja esta muestra, una España que por lo demás acoge a creadores llegados de lejanos horizontes –caso aquí de Andrea Bloise y de Angie Kaak-, incluye Madrid y Aranjuez, Gijón, Oviedo, Cantabria, Valencia, Cartagena, Pamplona… Lugares donde por supuesto que no hay sólo pintura, donde en algunos casos incluso la pintura no es el fenómeno artístico más visible. Pero lugares donde pintores como los dieciséis aquí reunidos para celebrar la natura silente, nos proporcionan regularmente motivos para estar convencidos de que el arte de los pinceles sigue teniendo un sentido. Más sentido que nunca. “En tiempos de tribulación”, etcétera…

JUAN MANUEL BONET

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