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La Galería Siboney presenta la exposición colectiva: De Arquitectura. Las casas de la vida (Parafraseando a Mario Praz)

Inauguración: 6 de noviembre de 2010

Hasta el 9 de diciembre de 2010

Artistas: Dis Berlín, Paco de la Torre, Chus García-Fraile, Sara Huete, José Lourenço, Teresa Moro, Susanne Wehmer

CASA DERRUIDA CON JARDÍN SILVESTRE Y HUERTA

Sólo la fachada de la casa estaba entera, engañando sobre el estado real del edificio.

Sin pinturas ni adornos, ocultaba la carencia de tejado y las paredes destruidas en el interior. Los muebles y los restos de ajuar quedaron a merced del tiempo destructor. El piso superior se desmoronaba sobre suelo en algunos lugares. La rigidez deja paso a lo maleable, lo vertical cede en sus místicas aspiraciones seducido por la horizontalidad. El caos avanza impío en la recuperación de su reino y gana con descaro al diseño ortogonal del arquitecto. Todo se mezcla y parece fundirse en un proceso hacia lo lánguido. Triunfa inexorablemente la entropía. La ceremonia de la transformación.

Un día llegó el momento de la demolición inducida. Lo que fue un hogar no es ya más que un gran montón de escombros. El jardín sigue salvaje y fantástico. Por suerte, la grúa ha respetado la pequeña huerta, que sigue prosperando y dando fruto. La propietaria la cuida con amor y tesón, incondicionalmente…

Necesitamos las llanuras, igual que el pensamiento necesita sobrepasar las paredes del cuerpo. Para vagar mecidos por la brisa bajo el cielo inmenso, vapuleados por la lluvia y el viento, para consagrarse o morir, para seguir transformándonos evocando algo parecido a la libertad. La arquitectura es el artificio a través del cual el hombre desafía al infinito, emula a la tierra y se construye una segunda piel, un espacio protegido, una cáscara donde sus sueños queden retenidos como el vaho adherido a los cristales en invierno. Las casas de nuestra vida son espejos, conocen nuestra verdad. Por eso las necesitamos tanto y sin embargo, a veces, nos engullen y se nos caen encima. Son testigos de nuestros secretos, conocen nuestros miedos y anhelos. También todos los objetos que viven con nosotros en ellas. Cada uno de los objetos que moraban el palacio romano de Mario Praz, los que describe con tanto amor y conocimiento en Las casas de la vida, podrían contar la verdadera biografía de su dueño, además de todo lo que ya cuenta a través de ellos. Tan portadores son de nuestra memoria. Rafael Argullol explica en Aventura. Una filosofía nómada que los juegos intelectuales más poderosos del hombre los hemos llamado imaginación y memoria, el primero dirigido al mundo de lo posible y el segundo al que ya se ha desvanecido, uniéndose ambos en la lucha contra el tiempo. El tiempo como una gran arquitectura, el tiempo, imparable arquitecto.

Teresa Moro en sus lienzos amontona muebles y objetos ya inservibles de la casa, abandonados, en espera de alguien que los reutilice antes de que llegue el camión de la basura. Algunos parecen estar danzando, fantasmales, haciendo pasos de una decadente coreografía. Otros están haciendo el amor, quizás el último contacto antes de ser separados o descuartizados. Muebles callejeros y calles amuebladas. Muebles que reciben por huérfanos el nombre de la calle que los acoge, generando un incompleto y desordenado hogar. El espacio neutro y vacío en el que flotan delicadamente hace que las escenas parezcan destartalados retratos de grupo, lo más cercano quizás al ser humano que se ha representado en esta colectiva, pues tienen la huella del usuario, lucen cierta antropometría. En De Arquitectura. Las casas de la vida (Parafraseando a Mario Praz), los artistas han tomado posturas distanciadas, casi todas las propuestas son escenas silenciosas, frías, como ajenas al hombre, al ciudadano, al habitante, al morador, que no aparece nunca. Por eso lo más cercano a la animación y vitalidad de los artífices y pobladores de las arquitecturas, los seres humanos, podrían ser los objetos cotidianos, que parecen guardar el alma de aquellos que los usaron, incluso de quienes lo diseñaron. Antropomorfos todos en algún sentido, a nuestra medida, usados y desechados.

Los óleos de Paco de la Torre representan arquitecturas de emblemáticos edificios santanderinos en esa estética metafísica de espacios sin tiempo tan característicos del autor, lugares sin vida aparente que remedan más lo onírico que la propia vida de los edificios interviniendo en la ciudad. Fuera del contexto cotidiano, los modelos hechos de volumen, sombra y color se convierten en un juguete, un pensamiento, la pieza de un imaginario limbo en el que todo tiene una correspondencia. El punto de vista adoptado se corresponde con el de arquitecto demiurgo, el altivo lugar elevado del creador que domina cualquier perspectiva posible. No es ese el caso, es más bien el contrario, de las imágenes que ofrece Susanne Wehmer. Si bien, como apuntábamos antes, apenas aparece el ser humano en la muestra, aquí sí aparece lo que podría ser su punto de vista, limitado y superado por los gigantes edificios de una gran ciudad que recortan como piezas de un puzzle el telón de fondo que resulta ser el cielo urbano. Ya sea sobre metacrilato o sobre aluminio aparecen a veces incluso borrosos, como si el observador quedara aturdido por las masas arquitectónicas o sencillamente ensimismado, alejándose de lo inmediato, generando un espacio interior más íntimo o humano.

José Lourenço aporta dos vistas panorámicas de gran armonía, cromática y compositiva, en las que se integra la arquitectura moderna en el paisaje. El dibujo, el ritmo, los colores planos, la abstracción general de la imagen acercan la estética de ambos paisajes al área del diseño, al tratamiento informático o a la gráfica japonesa moderna. La tensión que se genera entre la asepsia general y la textura del óleo reproduce ese encuentro de los nuevos diseños y materiales arquitectónicos y el entorno natural y orgánico en que se sitúan las construcciones. Chus García-Fraile ahonda más en esa imagen sintética de la ciudad y lo lleva al terreno del cibermundo en que cada vez más estamos insertos. Estamos rodeados de virtualidad, nos comunicamos virtualmente y mucho de lo que entra por nuestros ojos no es más que información numérica hecha a base de ceros y unos que en la gráfica se corresponde con los píxeles. Los píxeles son los ladrillos con los que se construye la ciberciudad moderna y en el vídeo que nos muestra García-Fraile así lo descubrimos. Como contraposición, y mostrando también las similitudes, en los carboncillos observamos las infinitas retículas que genera la gran ciudad en un juego nocturno de luces y sombras.

Pocas arquitecturas tienen tanto encanto, un contradictorio romanticismo, como los complejos fabriles. Antiguas fábricas de estilo racionalista han seducido a Dis Berlín en esta propuesta, para la que une una estética más poética y surrealista con un sesgo social poco común en su obra. Turno de noche o Capitalismo y lujo (referencia al libro de Werner Sombart del mismo título) son un ejemplo de ello; sin perder en todos sus cuadros ese halo de misterio que nos recuerda el aspecto más metafísico y atemporal de la realidad. Frente a uno de sus edificios, camina una surreal jirafa, y sobre las calles de Buenos Aires, merodean los tigres de Borges. Necesitamos amplias llanuras. Sara Huete los ha instalado en un viejo grabado de la ciudad. “Cunde la tarde en mi alma y reflexiono/Que el tigre vocativo de mi verso/Es un tigre de símbolos y sombras,/Una serie de tropos literarios/Y de memorias de la enciclopedia…”, reflexiona Borges en El otro tigre, reconociendo la diferencia entre la cosa y la palabra, entre la descarnada y fiera realidad, que respira, que suda, que está hecha de energía vital en un presente continuo, y la que el ser humano pensante o artista recrea en la cultura y en la memoria, la paradoja del signo.

De arquitectura. Arquitecturas del pensamiento, arquitecturas del sueño, de la memoria, arquitecturas de espacio y tiempo, construcción al fin y al cabo, como este texto que empezó en la destrucción y se fue reconstruyendo. Una torre de Babel. Como las historias que trazan los artistas, como la que ha de generar cada uno para enfrentarse al mundo, trasunto todo ello de la gran arquitectura, suspiro de masones y alquimistas.

LIDIA GIL

Galería Siboney

Castelar, 7 39004 Santander

TELF: 942,311,003

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