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Gema LLamazares. María Jesús Rodríguez en la Galería Gema LLamazares: La piel de la Memoria

Del 20 de octubre hasta el 26 de noviembre de 2011.

UN ARTE DEL REPASO

“Nuestra tarea es imprimir en nosotros esta tierra transitoria y caduca, tan profunda, dolorosa y apasionadamente, que su esencia vuelva a resucitar en nosotros”.

R. M. Rilke

En unos versos inolvidables, como todos los de su primera Elegía de Duino (Und das Totsein ist mühsam/ un voller Nachholn) Rainer Maria Rilke describió la condición del que ha muerto, la muerte misma, como una tarea extremadamente laboriosa. Para Rilke sólo la muerte proporciona la plenitud que da sentido completo a la vida; pero no es una plenitud regalada sino trabajosamente conquistada, a la que sólo se llega con tanto denuedo como requirió la existencia terrenal. O, dicho en otras palabras, la eternidad que finalmente une a vivos y muertos exige no sólo todo aquello que se ha de aprender en una vida entera sino también el arduo aprendizaje de que uno ya está muerto.

Seguramente no estaría citando aquí a Rilke ni escribiendo sobre todo esto, que no es tan lúgubre como parece, de no ser por la traducción de esos versos que propuso José María Valverde en la más divulgada de las versiones españolas de las Elegías: “Y el estar muerto es trabajoso y lleno de repaso”. Porque esa palabra, repaso -que puede que no sea la versión más feliz del alemán Nachholn, pero que forma ya parte inseparable de nuestra lectura española de las duinesas- es la que, una y otra vez, me venía a la cabeza viendo trabajar a María Jesús Rodríguez en su recoleto taller de Busloñe. Repaso, repaso.

Quizá logre justificar (a mí el primero) esa obsesiva asociación de ideas si describo el proceso de trabajo que comparten, en lo esencial, todas las obras que reúne su nueva individual en Gema Llamazares. En primer lugar, María Jesús fotografía una pequeña porción de territorio, un micropaisaje que en todos los casos está cargado de alguna resonancia biográfica o afectiva. Puede ser un fragmento de algún lugar de su pasado que aún persiste o de cualquier otra minúscula porción de la naturaleza que, por un motivo u otro, conduzca por las esquinadas y a menudo caprichosas caleyas de la memoria hacia cierto episodio igualmente minúsculo de su vida: unos acantos de la infancia, los jardines maternos, una maraña de maleza, un monte quemado donde la vegetación empieza

a rebrotar, unos dondiegos o las bellotas de mar que flotan en una poza de cualquier playa del Occidente asturiano a la que acudía a pescar con su padre.

Después, en un proceso que revela hasta qué punto las nuevas tecnologías son simplemente nuevas artesanías, edita la imagen fotográfica por medios digitales, dibujando con paciencia y minuciosidad extremas sobre la poco amigable superficie de la tableta gráfica hasta el más mínimo detalle de cada planta, cada piedra, cada rincón capaz de contener uno de sus edenes privados. A continuación, hay que borrar los rastros, como desproveyendo el motivo seleccionado de toda adherencia autobiográfica o anecdótica para entregarlo a la universalidad de las formas. Ahí desaparece el fondo fotográfico que le ha servido de documentación y soporte, reducido ahora a un apretado dibujo de líneas virtuales.

En una tercera fase, lo inmaterial regresa a lo material y lo orgánico arraiga en lo inorgánico: el dibujo digital se imprime y se calca con papel carbón sobre la plancha de aluminio, donde los trazos son grabados cuidadosamente a mano. El proceso termina con la aplicación de algún pigmento o tratamiento químico para realzar la línea, matizar efectos o proteger unas piezas que, finalmente, van en muchos casos más allá de la bidimensionalidad del paisaje pictórico y se reintegran aisladamente o junto a otras en el espacio, expandiéndose hacia lo escultórico o regenerando una forma diferente del paisaje: un nuevo lugar.

Si incurro en esta descripción no es, sin más, para ponderar el virtuosismo o la destreza de la artista: como en todo arte de verdad interesante, el proceso no es anecdótico, como no lo es el resultado, depurado cuidadosamente para ojos de terceros de toda la carga biográfica que los activó. Se trata, por el contrario, de recalcar (también aquí, aunque mediante las palabras) el modo

en que María Jesús opera una y otra vez (y, en realidad, el modo en que vive): observa, recuerda, registra una forma sensible de sumemoria y luego la repasa una y otra vez; dibujándola sobre la tableta, transfiriéndola sobre la plancha, grabándola en ella, revisando

cada trazo para depurar sus imperfecciones, matizando o enfatizando los detalles. Y se trata de hacer ver cómo en ese proceder caben todas las acepciones del verbo que me interesa: repasar es pasar de nuevo; es recuperar; es desarrollar una labor con intensidad y concentración; es aprender a base de insistencias y reiteraciones. Y también es volver a deslizar la mirada sobre las cosas; explicitarse

a uno mismo de nuevo lo que ya se sabía, revisar y reconstituir los contenidos de la propia memoria.

Es, muy platónicamente, reconocer y, en una acepción que seguramente María Jesús encuentre muy sugerente, recoser o remendar. Sin dejar de lado que el repaso es también corrección mediante la revisión escrupulosa de lo que ya se ha hecho.

Pero lo más interesante es que este repasar no es reproducir simbólicamente de la naturaleza por medios artísticos. No, al menos, en el sentido tradicional de la mímesis. Aunque sea literalmente un reiterado proceso de copia, aquí no se trata de figurar la naturaleza y al mismo tiempo distanciarse de ella, sino de repetirla literalmente, rememorarla, relatarla línea por línea, curva por curva,

detalle por detalle. La naturaleza conduce la mano, que repite sus formas con humildad y la misma insistencia absorta con la que un escolar se repite la tabla de multiplicar, la canción infantil o el poema que ha de grabar en su memoria. María Jesús Rodríguez es en esto tan minuciosa como el musgo o la hiedra, tan paciente como les llámpares que se agarran a la roca, tan precisa como las hojas que se rizan desde un tallo de alcachofa o atestan el bosque de helechos. Su trabajo es un ejercicio de lentitud como el de la naturaleza misma, vegetal o mineral, al configurar la memoria viva del paisaje y la memoria inerte de la tierra. Y es también un acto testimonial del modo en que la mano del hombre y la mujer pueden dejar marcas respetuosas en el territorio, análogas a las de la naturaleza y, a veces, casi inconfundibles con ella como sucede en los pequeños huertos o en las tsousas que demarcan las tierras del Occidente asturiano, cuya toponimia, aludida en los títulos, demarca para quien quiera indagarla toda esta pequeña geografía personal.

Por todo ello, a pesar de que en un primer vistazo la obra pueda evocar algún refinado diseño fin-de-siécle o de que un soporte tan fríamente artificial como aluminio pueda sugerir cierto aire industrial, pronto se advierte que lo que en un tejido o en una manufactura sería mecánico y repetitivo, aquí contiene la infinita variedad y el ritmo quebrado y continuo de la naturaleza misma; y que el aluminio no es más que el soporte adecuado para que arraigue y deje su impronta toda esa naturaleza que, por otra parte, es capaz de imprimirse también en algo tan hostil como una roca.

Lo que transmiten esas improntas es tan elegiaco como celebratorio: una paradójica constatación de la fugacidad de las cosas y de nuestra experiencia de ellas, y un registro fiel de la intensidad de la experiencia misma. En los dípticos, donde María Jesús confronta dos imágenes distintos de un mismo lugar que son en realidad dos momentos distintos, queda especialmente subrayada la precariedad de la vivencia frente a la persistencia de cosas, que, incluso siendo tan frágiles como una pequeña planta,

sobreviven a nuestro paso. En realidad, si bien se piensa, esta obra es una forma de pasar y repasar, una y otra vez, ante ellas.

Ignoro si María Jesús Rodríguez será muy rilkeana o si compartirá con el poeta praguense su concepción de vida y muerte; sí estoy seguro de que, al menos a esta parte de la línea que las separa, su trabajo proclama que la vida, el vivir, el ser y el estar de verdad vivo consisten en ese casi abnegado repaso de la impermanente plenitud de las cosas, y que esto es también celebración y misión, en el sentido más puramente rilkeano: grabar un recuerdo, labrar un rastro, sumarlo al mundo y, mediante todo ello, embellecerlo, salvarlo y festejarlo.

J. C. Gea

Galería Gema LLamazares

Instituto, 23

Gijón

Asturias