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Ignacio Fortun en la Galería Antonio de Suñer: Pintura y memoria

Hasta el 6 de marzo de 2012.

El proceso creativo de Ignacio Fortún (Zaragoza, 1959) empieza ante una plancha metálica, con su resplandor mate intacto. Aluminio o zinc. Sobre su opacidad se pueden proyectar imágenes para comprobar cómo el metal degrada los colores, los absorbe, como si raspara los brillos de la realidad para transformarla en pasado. Recuerdan las sombras bajo los vasos que nadie contempla en los viejos mostradores de zinc de las tabernas. El metal digiere mal las imágenes, las refleja en otro tiempo que no siempre se comprende. La plancha sujeta al bastidor sufre pequeñas ondulaciones en los bordes que muestran su rigidez. Donde la luz la alcanza, se abre un boquete ciego, informe. Nada hay en el metal sobre el caballete que signifique. Y sin embargo, qué inquietud por destapar las formas que su tiniebla oculta.

Con un buril el pintor realiza incisiones y rayados sin ninguna orientación previa sobre toda la plancha. Se diría, desde fuera, que estropea su prestigio de acabado industrial. Con este gesto adecúa el modo anodino de expresar que tiene el metal a las necesidades del arte, empieza a darle expresión. Reproduce, a continuación, un pequeño boceto, figurativo, realizado en papel mucho antes de seleccionar la plancha, y en otro lugar, lejos del taller. En el bosquejo objetos y figuras eligen un volumen, una situación, un campo. Son poco más que un trazo. A partir de este momento se inicia el arduo trabajo pictórico. Ignacio Fortún reelabora las formas hasta conseguir la perfecta integración de las incisiones expresionistas con el dibujo figurativo. Ha de poner de acuerdo también, en los colores del cuadro, la drástica absorción de la luz que realiza el metal con las exigencias cromáticas de la imagen. Se diría que la composición no renuncia a ninguna tradición artística.

A este intenso proceso plástico Fortún le añade otra secuencia paralela. Escritor de texturas, cada pieza implica una reflexión lírica sobre lo que el metal refleja, una indagación biográfica y geográfica, en la que no se reconocen citas, ni nombradías; la auténtica notoriedad del lugar la otorga el sujeto, su memoria. Como pintor memorialista, huye de la costumbre y aspira a la representación simbólica del destino. Muchos de sus cuadros enuncian una frontera, un tránsito, un interregno quizá. Se ven las últimas construcciones de un suburbio junto los primeros arrebatos de un terreno agreste. Son suturas a la vista, cicatrices. Imágenes que evocan, que narran. Que encarnan. Sin esta escritura de las formas, el cuadro no se consideraría acabado, y al mismo tiempo, como un poema clásico, se reabre ante quien lo contempla para recibir otros recuerdos, nuevos significados.

La chapa de aluminio o de zinc carece de hondura, es solo una superficie átona en la que el pintor ha desembozado la perspectiva con trazos en conflicto que las manchas van suturando. También es quien dota de memoria a la imagen que, sin ella, no sería nada. Y cuando el cuadro parece concluido sobre una pared, aún queda todo por decidir; lo que los ojos contemplen se conjugará con la luz. Hay luces que oscurecen zonas de la plancha o que las resaltan; unas veces subrayan líneas que parecen no estar, otras las modifican como si el cuadro, según la claridad, alterara su respiración.

JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO

Galería Antonio de Suñer.

Barquillo 43

Madrid.