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Juan González de Riancho. Exposición "A PLEIN AIR" de Damián Flores en Galería Siboney

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Del 16 de abril al 18 de mayo de 2016Inauguración Viernes 16 de abril a las 20,00 hGALERIA SIBONEYSanta Lucía, 49. 39003 SANTANDER

A PLEIN AIR


Cézanne entró en mi estudio; ropa raída, aspecto descuidado y esas botas suyas, gastadas, llenas de barro. Yo estaba de espaldas, pintando, me miró, murmuró algo inaudible y echó un vistazo largo a las paredes repletas de cuadros.


Yo seguía trabajando en busca de un verde imposible que encendiera un paisaje mortecino, entre tanto a mis espaldas el amigo trasteaba por el lugar a su antojo.


Hace unos días empecé un óleo. Se titula "El hombre de la cabaña" y es un homenaje a Joachim Gasquet, que escribió una joyita de libro sobre Cézanne.


El rostro humano es apasionante, es como un paisaje tan mutable como la luz que lo ilumina. He empezado tres retratos de Cézanne a tres edades diferentes. Se los enseño, con el dibujo esbozado. “Póngase ahí”, le digo. “Usted que fue tan exigente con sus modelos ahora va a posar para mí”. Cézanne sonríe, posa mal, se mueve, no deja de mirar mis cuadros (cosa que me entusiasma). Le comento que el primer cuadro que vi suyo fue la "Casa del ahorcado" hace más de treinta años. Entonces era un estudiante y de su obra sólo sabía por las láminas de los libros de texto. Fue un relámpago. Esa sensación volví a tenerla hace poco en su última exposición en Madrid. Al acabar mi paseo pictórico compré el catálogo y se me cayó de las manos. No me servía; eran cromos que anulaban toda la fe pictórica que uno tiene ante sus cuadros, no había vibración, no había "sensación de color" como usted dice, ante las pobres reproducciones. “¿Sabe lo que hice?”, le pregunté. “Volví a entrar y fui anotando en mi cuaderno los matices de color junto a los dibujos de sus óleos. Salí otra vez pleno de fe ante su pintura”.
Cézanne no me está escuchando, se ha levantado y observa un pequeño óleo. “¿De dónde son estos paisajes?”, me pregunta. “Son tierras de Belalcázar, mi pueblo, en Córdoba. Estos campos son mi Sainte-Victoire particular”. Noto un ligero temblor en su cabeza al nombrar su montaña.
Hablamos de los azules minerales de su cumbre y de los barbechos y sementeras de mis paisajes. De mi obsesión a pintar un lugar en el que la mirada te invite a quedarte, a alojarte en él.


Cuando los paisajes son vividos la intensidad pictórica lo ilumina todo.
Un pintor amigo me dice que debo pintar los paisajes del natural, “a plein air", como en mis primeros años pictóricos, y no de fotografías. Pienso que la fotografía detiene un momento de luz mágico, y que para mí es importante debido a lo cambiable del motivo.


Todos los que hemos plantado nuestro caballete en el campo lo sabemos. El decorado se mueve más deprisa que tus pinceles. Las sombras cambian, se alargan, las nubes ensombrecen a su antojo.


Una buena foto con su disparo azaroso puede también hacerte vibrar, y ayuda si lo sumas a ese poso contemplativo de aquellos veranos, en los que cada momento de luz tenía su cuadro.
Le pregunto si sabría adivinar cual de estos paisajes están hechos del natural y cuales a partir de una foto.


Se tomó su tiempo. Acertó en la mayoría, pero hubo tres en los que falló (me sonrió la mirada). A veces el oficio y el tiempo detenido, contemplando los colores de la infancia dan su fruto, aunque sea a partir de una foto.


¿Cuantas miradas tienen que impregnarse en tu memoria para que sean tu espejo?
Para que por mucho que hayas visto y pintado, siempre vuelvas a ellos, al paisaje de tu niñez…
Cuando Cézanne se fue, tras un gesto teatral, indiferente con su mano, dejó tras él un rastro de pisadas de barro.

Damián Flores Llanos