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Juan-Ramón Barbancho comisaría la selección de video español en VideoZone, la V Bienal Internacional de Video de Tel Aviv

Centro de Arte Contemporáneo de Tel Aviv. 23-28 de noviembre de 2010.

REFLEXIONES SOBRE UN UTOPÍA HABITABLE IV

La ciudad es el lugar en el cual se entrecruzan la vida y las culturas de muchas personas y grupos sociales. De ahí que a través del tiempo se haya constituido como legítima hibridación de lo heterogéneo. En ella conviven las más diversas expresiones de vida y cultura, desde el glamur de lo llamado culto hasta lo vernáculo. A lo largo de la historia la ciudad ha sido escenario de todos los acontecimientos importantes, faustos e infaustos, pero también en una cierta imagen de lo impersonal en donde se alojan todos los vicios. Desde la Modernidad es escenario inequívoco de los cambios y sus habitantes, los burgueses, los protagonistas. Mientras que la nobleza de esconde en sus posesiones rurales, el pueblo, el colectivo, lucha en la ciudad.

Hay en ella múltiples espacios habitados y habitables que a menudo configuran la forma de ser de los habitantes de una determinada manera, en la misma medida que los habitantes definen el espacio, tanto el doméstico como en urbano. Dentro de cada espacio se desarrollan prácticas que determinan en buena medida el ser individual y colectivo. Más que un espacio habitado la ciudad es hoy símbolo, presencia viva de una estética que supone una ficción, en el arte narrativo, en la complejidad de la vida contemporánea.

“La ciudad existe en muchas formas. En parte es una realidad material, socialmente construida, que habitamos y con la que establecemos una relación sensual y simbólica. Por otra parte, también es una representación imaginaria, una construcción simbólico discursiva, producto de nuestra imaginación y sobre todo del lenguaje”

Sabemos que ya poco importa la diferencia entre una ciudad de un país desarrollado y uno no desarrollado para encontrar en ellas conflictos similares, imágenes análogas y formas de vida en las que lamentablemente impera la violencia, la falta de comunicación afectiva, la contaminación y el caos. Muchas veces el arte actual, sobre todo en los últimos años, ha vuelto la mirada hacia estos espacios buscando dar una lectura –y quizá sentido- a unas formas de vida impuestas. Buscando también dar un contenido social y de compromiso al quehacer de los artistas en el mundo actual.

Se busca, tal vez, una explicación convincente a la proliferación de nuevos barrios y ciudades inventadas, urbanizaciones ficticias en las que la vida se presenta ideal y que en realidad son como una especie de macro show de Thruman. En los nuevos barrios se les ofrece a las parejas jóvenes una vida ideal de comodidad y fantasía pero es una ciudad - y por tanto una vida- irreal.

Objetos de esta observación artística son los centros urbanos pero también la periferia. Los centros comerciales, las vías de comunicación, los trabajos de cada uno y las formas de vida que rayan en la indigencia, tanto como en la opulencia casi obscena.

Todos somos testigos de que las calles, plazas y parques son el hábitat de cientos de personas que sobreviven en condiciones de ficción. Lo que se concibe como fuente de trabajo y alternativa para una vida mejor, se convierte paradójicamente en el sitio en el que se puede llegar a la miseria y la absoluta marginalidad. Por otra parte, los avances en los medios de comunicación, más que acercarnos nos han separado de los demás. La facilidad en contactar con un amigo que vive en las antípodas por medio de una Webcam nos hace pensar que mantenemos una relación casi universal, cuando en realidad estamos más distanciados que nunca. La ciudad se ha convertido en un escenario virtual de gente cibercomunicada. Todo esto tiene su reflejo en el arte actual.

Cada vez más la ciudad está siendo re-inventada. Nuevas formas de trabajo, de relación, de esparcimiento. Grandes anuncios, pantallas y lumínicos saturan las calles y avenidas con el único objetivo de vender una ilusión y una idea de sociedad que se sostiene del consumo indiscriminado.

Pero en la ciudad contemporánea no todo es así. Cada vez más se convierte en un espacio multicultural, multisocial y multirracial. Está claro que hoy se entrecruzan nuevas tipologías que suplantan las funciones antes subordinadas a los espacios tradicionales de la vida pública y doméstica. Se fortalecen los nuevos signos, los nuevos íconos que soportan la autosuficiencia corporativa y legitiman la representatividad visual y funcional de los mega-mall o shopping-center, una estrategia que encuentra un precario correlato en el mercado informal y el ambulantaje característicos de nuestros países.

Se abren paso los “grupos urbanos y tribus” que tantas veces son objeto del arte actual. Esto lo vemos en muchas ciudades con un discurso particular pero fácilmente extrapolable a cualquier otra ciudad. El interés cada vez más se dirige hacia una antropología de lo cercano como método de análisis para comprender el desarrollo social de nuestras comunidades, constatando la dificultad de dicho empeño. La ciudad se levanta sobre un patrón heredado que ha ido adaptándose -en una constante confrontación de intereses- a las necesidades del cuerpo social. A modo de palimpsesto, las huellas de la actividad humana han conformado la trama de nuestras ciudades permitiéndonos hacer un estudio de la identidad de sus pueblos muy ligada al territorio. Sin embargo, el desarrollo tecnológico ha puesto en crisis el método de análisis. Un lugar podía definirse como identidad, relacional e histórico, pero el concepto de lugar se ve sustituido en la práctica por otros más ligados a la tecnología.

Muchos artistas intentan recoger en su trabajo las luces y sombras que surgen del entrecruzamiento de estos dos extremos en tensión: una identidad ligada a un tiempo de tradiciones que nos sujetan a un territorio -que ya casi no existe- y una nueva identidad expuesta a un mundo tecnificado con su lógica de inclusión/exclusión y la violencia que esta situación genera.

Thinking Hanoi, el trabajo de Dionisio González, establece narrativas entre la gente que vive en la ciudad, de una manera a veces física y a veces psicológica, pero sobre todo este trabajo nos presenta la ciudad como habitáculo o nicho de los habitantes, como aglomeración. Los ciudadanos están en constante tránsito, ocupando la mayor parte de su tiempo, haciendo del espacio casi un lugar doméstico, incidiendo aun más en la ciudad como no-lugar según lo define Marc Auge.

Second hand market, de Juan Carlos Robles es una reflexión en la idea de los espacios comerciales, pero no son es este caso los centros comerciales, sino los mercadillos. Es una escena cotidiana en todas las ciudades: el espacio abandonado después del mercadillo, que casi es ya un signo insoslayable de la ciudad. La ciudad como mercadillo y el mercadillo como imagen de la urbe actual y a la vez de siempre.

Las ciudades antiguas se están destruyendo buscando unas ampliaciones y una comodidad impuesta que, muchas veces destruye formas de vida tradicionales y/o espacios y símbolos tan asumidos que identifican la vida de los ciudadanos. El Zapillo es un barrio de Almería (España) en el que el supuesto progreso destruyó símbolos de la identidad. Marisa González, en su trabajo El Zapillo muestra la voladura de las chimeneas de una fábrica y las declaraciones de los vecinos. Es la reflexión sobre la pérdida de identidad de la ciudad. Con la desaparición de estas peculiares edificaciones cada ciudad ha perdido un icono-símbolo, una seña de identidad de su historia, que la diferencia de los homogéneos y despersonalizados planes urbanísticos de hoy.

Francis Naranjo aborda su encuentro personal con la ciudad desde una perspectiva diferente. Muy sociológica y a la vez muy literaria. Busca en las calles en la ciudad una comparación con los ríos, como tantas veces de ha comparado la vida con esos “ríos que van a dar en la mar”. Él recurre a las enseñanzas de Heráclito y compara las calles, las ventanas, los coches... con esos ríos en cuya agua nunca te bañarás dos veces, las calles que nunca verás dos veces iguales. Busca, en el fondo, encontrar algo sólido y estable a lo que aferrarse, en lo que sentirse seguro, un trozo de tierra en la que apoyarse. Es una forma sociológica de abordar la ciudad, una forma de estudiar a los ciudadanos, sus costumbres, sus cambios, sus humores, sus vidas. También estas comparaciones son en cierto modo literarias, tal vez por que buscan –o tratan de buscar- el lado más poético y amable de la vida en la ciudad.

Avelino Sala aborda otro aspecto de la cultura de la ciudad contemporánea, el de la música, y más concretamente el de la música nacida en la ciudad, casi diría que nacida en las calles y para las calles de la urbe: el hip-hop, por su forma de hacer y especialmente por las letras de sus canciones, donde hay un componente importante de improvisación, se podría definir sin lugar a dudas como una “música urbana”, perfectamente asociada por su narración y por su ritmo al fenómeno del graffiti. 60 landscapes in Hong Kong, de Jesús Palomino, es un recorrido por la ciudad desde el cual se pueden analizar diferentes aspectos de una urbe masificada y superpoblada, en la que se mezcla lo más novedoso de una arquitectura “importada” y occidental con las construcciones más tradicionales. Se mezclan formas de vida propias del país con las nuevas formas de relación y trabajo, las primeras resistiéndose a desaparecer y las últimas luchando por imponerse.

Esta reflexión de Palomino utilizando a Hong Kong como escusa o argumento se podría extrapolar a muchas otras ciudades del mundo, especialmente a aquellas en las que su identidad cultural es fuerte, pero también a todas las demás. Las “imposiciones” de las nuevas formas de vida acaban minimizando lo “propio”, que queda reducido a atracción para turistas. En el fondo existe un deseo de “normalización”, de que todo y en todos sitios sea igual, lo que conlleva una enorme pobreza.