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Papel(es): Exposición colectiva en la Galería Astarté

Karen Schiff . Untitled (light Map) II Tinta sumi sobre papel 2008

Del 4 de marzo 2010 hasta el 10 de abril de 2010

Artistas:

María Aranguren / Rafael Canales / Tom Carr / Carlos Coronas / Roberto Díez /

José García Navas / Vicky Herreros / Rafael Reverón-Poján / Dominica Sánchez /

Karen Schiff

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PAPEL (ES), UN ENCUENTRO DIEZ

Amalia García Rubí

Desde la perspectiva guiada por la espontaneidad que da la libertad creativa cuando se trata de manipular el papel, el cartón o la cartulina, ha sido lanzada esta nueva iniciativa de la galería ASTARTÉ. Cita arriesgada por lo heterogéneo de su convocatoria y cuyo resultado es este encuentro armónico y fluido en sus múltiples discursos, procedentes de caminos distantes milagrosamente confluidos aquí. Un escenario común cuya calidez acogerá los próximos días algunos de los más altos vuelos de nuestro panorama artístico. En esta exposición colectiva bautizada PAPEL (ES), (otra vez el deseo de no enterrar la primera idea, el juego o la ocurrencia en apariencia pueril), la lista de participantes no tiene desperdicio, tanto por la amplia trayectoria de algunos cuanto por el feliz despegue de otros cuyos

nombres están ya sonando fuerte, gracias en parte, al ojo crítico de esta galería.

Empecemos el recorrido. En la primera sala las soberbias piezas de Carlos Coronas, tres bellísimas pinturas abstractas en óleo sobre papel, quizá un leve recuerdo a la tendencia hard edge del expresionismo abstracto aunque, como ocurre a muchos pintores de la abstracción pura en España y especialmente a

Coronas, esta pintura deja campo al gesto leve, a la huella, a la veladura, al surco del pincel, y en definitiva a esa emoción controlada que tanto acerca como aleja a Coronas de la abstracción postpictórica de un Still o de un Barnett Newman. Frente a la estática línea recta de este gran artista deudor en parte del minimalismo de Dan Flavin y autor de importantes instalaciones e intervenciones memorables como

la del Centro Barjola de Gijón en 2005, nos asalta, esta vez en forma de gruesos brochazos y manchas de color puro, el cuadro de José García Navas, arquitecto y pintor reconocido. Los trabajos de García Navas fluctúan entre el orden y el azar; su gesto contenido bascula de la calma a la agitación para crear espacios de acción que no renuncian del todo a la profundidad, a ese abismo que nos engulle si

miramos a una determinada distancia del cuadro, y que parece abrirse en la superficie bidemesional de su pintura all over. Acompaña a este gouache una obra independiente, más dibujo que pintura, cuyo formato apaisado nos dirige la mirada a través de una franja de papel repleta de caligrafías ingenuas e inconexas, donde juega importante papel la idea primera, un automatismo psíquico en rojo sobre blanco, cuyo resultado evoca en cierto modo los mundos imaginarios de Klee, sólo que en García Navas la verticalidad, la escalera, el avión, la cruz ascendente, la nube…parecen haber caído para encauzar su senda secuencial hacia una horizontal infinita.

Saltamos ahora a los suntuosos espacios de transición para detenernos en lo delicioso de la obra fabricada con lo encontrado, en una suerte de combinaciones povera o dadaístas a lo Schwitters en las que María Aranguren, siempre atraída por el material de desecho, de reciclaje, despliega un delicado efecto visual de

conjunto en sus “Cajas”; envases de cartón desplegados, pintados, pegados, cortados y al fin convertidos en cuadro, en obra de arte. Es, una vez más, la valentía y la virtud de hacer arte con lo mínimo, con esa economía de medios divulgada por Burri o Merz, y plagada de sugerencias tan sutiles como nostálgicas

en su fragilidad sobre las que María Aranguren no deja nunca de incidir. A su lado, otra artista madrileña, Vicky Herreros, ha querido en esta ocasión bucear en aguas profundas, rescatando del olvido aquellos breves pero suculentos cuadernos de apuntes, que son la prueba irrefutable de su calidad como artista. Los diarios de pintor, sus proyecciones más íntimas, salen ahora a la luz en esta sucesión de pequeñas imágenes fragmentarias, donde la frescura de los conceptos parecen fluir sin pausa, atropellándose unos a otros por la rapidez con la que surgen las visiones, manchas, frotados, borrones… y por fin la clarividencia, la luz de un boceto trabado de principio a fin.

No lejos encontramos a dos artistas que pudiéramos definir como los artífices de pequeñas grandes obras. Por un lado, la elegancia “oriental” de Karen Schiff y sus mínimos papeles pautados a base de rastros de trazos (como les llama la propia artista, quizá por lo truncado de sus trayectorias) y que a su vez le sirven de soporte para toda suerte de divagaciones reales paradójicamente traducidas en un lenguaje codificado de signos abstractos. Breves obras de arte únicas, con un trasfondo conceptual que no rehúsa el efecto estéticamente bello en la pulcritud y meticulosidad de la factura. Por otro lado, el trabajo plástico del venezolano Rafael Reverón, un artista que flirtea con el componente kisch de la obra de arte y cierta inclinación hacia el Op art.. En la base de estos curiosos efectos ópticos descansa la calidad plástica del proceso manual llevado a cabo por el artista y consistente en el vaciado a golpe de cúter, de monumentos emblemáticos madrileños previamente fotografiados y reducidos a leves estructuras o entramados

lineales apenas reconocibles.

Nuestro paseo continúa en la segunda gran sala de la galería. Comencemos por un artista de peso, asiduo en esta galería, en cuyos espacios hemos tenido el gusto de disfrutar y admirar sus prodigios tridimensionales. Tom Carr es uno de esos escasos ejemplos, si se me permite, de escultor con vocación arquitectónica, siempre que por ésta se entienda una arquitectura orgánica, hecha a la medida de la naturaleza y por lo tanto acorde con sus leyes de suaves geometrías, sencillas y complejas a la vez. Quizá tras ello esté la firme determinación de seguir buscando ese absoluto consistente en encontrar el equilibrio de contrarios en la forma leve e ingrávida, pero no por ello menos contundente. Entre el movimiento y la quietud, entre el lleno y el vacío, entre la línea curva y sus infinitas posibilidades rítmicas y lumínicas, fluctúa la obra de Carr. Poco o mucho, depende como se mire, tienen que ver estos desplegables en papel con su obra escultórica, pero en todo caso, coinciden con ella en el placer por dejar hablar al material, a los espacios ascendentes y descendentes creados por los angulosos pliegues que tan sencillamente construyen sus paisajes abstractos, sublimados ahora por la mínima expresión.

En una órbita muy distinta a la de Tom Carr gravita Dominica Sánchez, artista con andadura en diferentes espacios europeos, quien hace tiempo se decantó por el lenguaje neoconstructivista de la pintura. Los planos y la línea trazada al compás son sólo herramientas de un rico repertorio plástico que, despojado de la frialdad cartesiana del constructivismo histórico, convierte su dibujo analítico en una geometría amable y grata a los sentidos. El reduccionismo de Dominica Sánchez no renuncia del todo al color, el cual a pesar de su moderación, otorga una especial calidez a estos papeles.

De colores naturales, como provenientes de la tierra y en su claridad ocre, de una tierra en apariencia yerma, desértica, nos habla la única gran pieza colgada del sevillano Rafael Canales. Hay mucho de paisaje en estas manchas de una textura si se quiere lítica, que parecen brotar de la superficie rugosa del soporte, al igual que lo hacían las manchas de humedad sobre un muro en cuyas contracciones y expansiones descubría Leonardo todo un universo de matices cromáticos, luces y sombras… de enorme poder evocador.

Para terminar y como colofón de este nutricio recorrido, un auténtico regalo para la razón y los sentidos son los papeles de Roberto Díez con sus singulares letanías ortográficas, brillantes y agudas en sus inteligentes combinaciones conceptuales. La escritura automática de Roberto Díez posee una doble función: la semántica que hace referencia al contenido y por tanto al significado específico de la palabra, en este caso la letra impresa escogida al azar; y la visual, en cuya combinación u ordenación estética se estructura la obra. Una simbiosis perfecta que Roberto Díez ha sabido llevar a término en todos sus trabajos, y que ahora se extiende más allá de los límites bidimensionales con la aportación de una nueva propuesta en la que el artista incorpora a su discurso habitual, elementos más líricos, táctiles y plásticos, como son el color y el volumen… los cuales no entorpecen el misterio y la belleza última de sus poemas visuales.

Para ampliar información sobre los artistas y su trayectoria diríjanse a la galería.

Galería Astarté

Monte Esquinza, 8 28010. Madrid. SPAIN

(+34) 91 319 42 90

info@galeriaastarte.com

www.galeriaastarte.com