ENG
Buscar
contacto

Contactar con el IAC

"Sin coordenadas" de María Álvarez en Galería Caicoya

Hasta el 22 de abril, 2017

Galería Caicoya, Calle Principado 11, Oviedo

Sin coordenadas es el nuevo proyecto expositivo que María Álvarez (Luanco, 1958) presenta en la Galería Caicoya, un trabajo en el que parece llevar al límite el reduccionismo formal y conceptual recurriendo a una economía de medios que pone de manifiesto lo esencial. El interés por lo inmaterial es clave en este proyecto, de ahí la apuesta por la impresión digital que evita distracciones innecesarias. Las verdades que se persiguen a través de la simplificación son metafísicas, más emocionales que materiales.

 

Hay un peso concienzudamente racional en su trabajo, un rigor técnico y un orden que siempre han estado presente en sus propuestas. Ya en la muestra A Destiempo (2011) que pudimos contemplar en el anterior espacio de Guillermina, mostró pinturas depuradas en las que ya hice referencia al paralelismo con la obra de Agnes Martin -artista de la melancolía de la perfección-, en ambas hay un trabajo que además de mostrar un carácter sobrio, secuencial, emana calidez y cercanía. En aquella ocasión, la retícula sirvió como elemento regulador y motor de la armonía formal y cromática, mostrando un ascetismo estético que le permitió frenar los impulsos y frustrar los excesos. La artista parecía no tener miedo al abismo, lo que pudiera parecer un paso en falso, no es más que el paso siguiente.

En la muestra actual se incluye La mente callada, obra seleccionada para la exposición colectiva Asturias Arte Actual (2016) del CMAE de Avilés y que ahora sirve de presentación y punto de referencia para la línea de investigación que ha venido trazando durante los últimos años, reflexiona sobre el concepto de interacción de diversas expresiones artísticas como la obra gráfica, el dibujo y la pintura. Se trata de un tríptico que representa el sentimiento de pérdida de claridad de visión sobre la vida, reconociendo una confusión que había que resolver, un modo de responder de la persona cuando se olvida de sí misma. Tras la aparente frialdad del medio y la contundencia de ese negro sereno y saturado -pero también sedoso y aterciopelado-, hay un efecto de conjunto, atrayente y seductor. En palabras de la artista, “existen un sinfín de pensamientos y reflexiones que no valen nada, un intento de desvanecerse adentrándose en territorios desconocidos, invisibles e inexplicables”; también hay un anhelo inmenso de escapar, de aislarse y una resistencia general a la realidad, al desencanto, por eso, crea espacios abiertos e ilimitados que evocan un sentimiento inmaterial, impotencia, desasimiento, pérdida de referencias, una mente callada -que decía John Cage- esperando a despertar.

En Sin coordenadas hay tantas restricciones que la artista deja poco margen al análisis. Esta economía de medios, este desprendimiento de lo superfluo, es un afán por anular o eludir el objeto artístico. Son obras muy depuradas, de una perfección que el mundo digital ha puesto a su servicio y donde la tinta pigmentada sobre papel de algodón ha llegado al límite de la exquisitez. Hay un reduccionismo cromático, el trazo blanco en el negro es llevado al límite de sus posibilidades con un grafismo controlado en el que identificamos su origen cartográfico, hay curvas de nivel, cotas, isobaras, líneas de pendiente, nombres y muchos números que se expanden en superficie. El número es el término medio de la forma orgánica, “que vincula la vida indeterminada con la vida real concreta”, como decía Hegel; “es precisamente aquella característica totalmente inactiva, inerte e indiferente en la que se extingue todo movimiento y proceso relacional, rompiendo el puente que conduce a la expresión viviente de los impulsos, el modo de vida y cualquier otra existencia sensual que exista”, el número es objeto y abstracción.

El soporte se plantea como un territorio por explorar, un Mapa a margen perdido, donde el espacio se intuye ilimitado. Una cartografía sin coordenadas que sabemos, tras su carácter críptico, contiene un orden establecido y, al igual que en algunos trabajos de Hanne Darboven, parece expandirse y contraerse al máximo entre los límites de lo conocido y lo desconocido. Para ello, la artista alemana recurre a esquemas pautados, al papel milimétricamente cuadriculado que le permite infinidad de combinaciones, de sistemas de registros cifrados, de fechas, de horas. Se trata de configuraciones lineales del mundo de los números y notas gráficas, tan subjetivas como concretas, registrando recorridos de manera que parece “escribir el tiempo”. Así ocurre en las series presentadas por María en que el tiempo y el espacio planteado como acercamiento a estructuras visuales mínimas encuentra, curiosamente, su justa medida en el negro.

Otro ámbito interesante de aproximación plástica lo encuentro en el proyecto Un Millón de años -One Million Years (Past)/One Million Years (Future)-del creador On Kawara, donde el concepto tiempo se presenta en la combinación de pinturas, telegramas y postales y que pretende sensibilizar a los espectadores sobre su lugar en la historia y dar al paso del tiempo una especie de materialidad. El interés del artista japonés por mostrar cómo nuestra sociedad usa las fechas y los calendarios para capturar el tiempo, se puede traducir, de alguna manera, en el planteamiento del espacio en Sin coordenadas: los mapas son al espacio lo que los calendarios son al tiempo. Articulan y racionalizan nuestra existencia creando la ilusión de poder asirlos. La contundencia del negro sobre blanco de On Kawara se puede rastrear en la trayectoria de María, es una constante en su trabajo desde que a finales de los años ochenta realizara American Dreams  -serie de cuadros blancos- hasta ahora. Siempre se ha mantenido fiel a esa limitación, encontrando su contrapunto en un negro profundo en el que flotan los dibujos desde su pureza geométrica, minimizando la representación hasta sus últimas consecuencias.

Esa pureza del blanco y el negro parece ir en busca de la desmaterialización de la obra, de lo mínimo y de lo silencioso. El negro, frecuentemente cargado de connotaciones negativas, se plantea aquí como un espacio sin límites, infinito, como el comienzo y fin de todas las cosas. A diferencia de Ad Reinhardt -con cuyas pinturas monócromas encuentro ciertas similitudes-, que usaba el negro como un acto supremo de vaciamiento que le llevó a derivar hacia un atormentado y solitario pesimismo, las calidades conseguidas aquí irradian vida, son capaces de involucrarnos y envolvernos para concentrar nuestra mirada en los grafismos como si fueran frases concisas y contenidas, aforismos que eliminan todo lo accesorio, para llegar a la nada en que el arte va desapareciendo “poco a poco” sumergiéndose en la vida.

 

El planteamiento espacial “sin límites” -superficies all-over- es característico de muchos creadores abstractos que entienden la superficie pictórica como un campo abierto que subraya su planismo y que, desde su frontalidad, rompe las jerarquías entre las distintas “partes” del soporte. Los grafismos blancos, ingrávidos, se expanden de una manera tan rotunda que parecen echar un pulso a esa falta de control espacial. Es interesante este aspecto, muestra el dominio de la artista en el tratamiento en superficie de los elementos plásticos, sus conocimientos sobre la escala, la medida y el detalle, transformando cada pieza -casi desnuda- en un mundo cargado de connotaciones.

Los mapas fragmentados le han servido de pretexto para desplazarse por lo incierto y lo inesperado, no existe un recorrido previo ni preestablecido, la pérdida de referencias concretas permite que existan múltiples lecturas. Son mapas deconstruidos que tienen, desde su complejidad pero sobre todo desde su aparente incoherencia, interés simbólico. El mapa es un documento para ser entendido, en su elaboración el aspecto más importante es que la expresión gráfica debe ser clara, sin sacrificar por ello la exactitud; estos aspectos me llevan a recordar Del rigor de la ciencia, un breve cuento de Jorge Luís Borges sobre las exigencias del arte de la cartografía. Como ocurre con el trabajo del cartógrafo, sus series poseen distintos niveles o planos de lectura, pero en vez de corresponderse con puntos geográficos concretos, lo hacen con sentimientos y reflexiones. Dice María que “apenas quedan sitios donde huir, vivimos en una sociedad adormecida por un ruido, que nos ensordece continuamente y en la que necesitamos el silencio más que nunca ante una realidad hipnótica que nos impide ver la inhumanidad del mundo”. Sin Coordenadas es un proyecto íntimo con el que la artista sigue arriesgándose mostrando a las claras sus referentes y los mundos que le rondan por la mente y por el alma. Hay detalles personales que nos acercan aún más a ella: los libros de mapas le fascinan, sus iconos y simbología le permiten adentrarse hasta el último detalle y hacer -a partir de mapas antiguos de los siglos XVII y XVIII- gráciles dibujos en miniatura. Desde siempre su imaginación vuela hacia lugares recreados a través de su pasión por la filatelia o descritos científicamente por Charles Darwin o explorados por Alexander von Humboldt. Es la fantasía de la aventura llevada a la vida, es un desprenderse de lo conocido para lanzarse en picado a nuevos mundos. Partiendo del lenguaje propio de los mapas, sus fragmentos le han permitido crear una geografía paralela que comparte ahora con nosotros.

La muestra Sin coordenadas provoca una precaria sensación de equilibrio entre lo estable y lo inestable, entre la realidad y la ensoñación. Agrada percibir cómo la artista nos traslada a sus lugares íntimos con la misma sencillez de aquellos primeros trazos realizados en la arena, sobre la tierra o grabados en la roca, cuando el ser humano buscaba respuestas a su existencia a través de la naturaleza y los ciclos lunares. Es aconsejable detenerse un momento ante ellos, dejarse llevar imaginando un paisaje posible, una ruta desconocida hacia algún punto en el horizonte y quizá, si entornamos la mirada, veamos también un mapa celeste que nos acerque hasta alguno de esos astros siempre deseados e inalcanzables.

Santiago Martínez

Profesor de Historia del Arte