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Vítor Mejuto en Atlántica Centro de Arte: Camino de Vuelta

Inauguración: 12 de noviembre de 2010

Hasta el 9 de diciembre de 2010

VÍTOR MEJUTO, UN CAMINO SOLITARIO

En el catálogo editado con motivo de la exposición Compás, realizada en 2002, en el que Javier Gago López habla de Frank Stella, Palazuelo, Rueda y Robert Mangold como referentes de su pintura, Vítor Mejuto (Barcelona, 1969) escribe un texto que arranca confesional: “Cando comenzaba, na Facultade de Belas Artes de Salamanca, tiña unha especie de pincelada debuxada. Inquietábame aquilo de solta-la man para logra-lo xesto que calmase un certo anhelo expresionista. Non cheguei a ningunha conclusión satisfactoria e pola contra funme decantando por outros aspectos secundarios como as fronteiras entre as cores, o tratamento dos fondos e a composición”. No es habitual la claridad con la que afirma partir de un lenguaje expresionista, que pronto ve retórico, “grandilocuente”, y su deseo de trabajar sobre cuestiones más solitarias e intimistas, como son las referidas a la composición, al juego y relación entre formas y colores, a la representación desde el símbolo, la forma y el vacío, teniendo al dibujo por secreto y firme aliado.

El texto permanece válido como planteamiento inicial, casi como arte pictórica. Vítor Mejuto se sitúa voluntariamente en uno de los frentes más difíciles, especialmente para un pintor de su edad: mira hacia los lenguajes constructivos pero rehuye las propuestas seriadas; parte de formas procedentes del diseño (Mies, Panton, Jacobsen, Eames, Aalto) pero las convierte en paisajes abstractos, en nuevas formas nacidas del encuentro de volúmenes y vacíos, oquedades; mira con desconfianza los caminos hacia los que desemboca el minimalismo seductor, aunque reconoce su proximidad emocional; hace guiños a pintores que admira (Motherwell, Mangold) y se reconoce más heredero de lenguajes constructivos de los años setenta que del impulso renovador que le dan otros pintores en los años noventa. Demasiada sinceridad en alguien que de inmediato reivindica que su interés está en ver aparecer formas desde la pintura.

Esa sinceridad sale a relucir en sus cuadros: no hay atajos, ni retórica añadida. Asoman, se dejan ver y se muestran como son: con sus logros y sus matices. Mejuto pinta la relación entre dos formas de color sobre un fondo; con lentitud, da entrada a más formas y colores, sabiendo que poco después se impondrá un análisis restrictivo. Pinta los espacios entre las cosas, las intersecciones, las formas que nacen del encuentro entre varias, o entre una y su vacío. No oculto que la primera vez que me llamaron la atención fue a través de una reproducción: me extrañó que alguien de su edad se hubiese metido en estas tareas, porque la que solemos llamar pintura concreta es difícil, incluso ingrata: los logros son tardíos y las filiaciones notorias. Al ver los cuadros en el estudio se renuevan las certezas: Mejuto no prolonga los momentos felices y cuando encuentra acertado un cuadro de inmediato lo atribuye a estar resuelto en una única sesión. No es así: Mejuto reitera una y otra vez el mismo esquema, dos o tres formas de color sobre un fondo no siempre neutro. A veces, cree, surge la magia; tal vez, pero sólo en parte: Mejuto lleva unas pequeñas libretas en las que dibuja constantemente formas con color o anotaciones de sentido, intensidad o relación. Se trata de su laboratorio de formas: un laboratorio orgánico, manual, en el que el pulso de la mano, el trazo del gesto, delatan el lado cálido de su búsqueda. El ojo se va tras esas anotaciones que desvelan claves bastante precisas. Cuando llega al taller, cuando dispone del tiempo de la pintura, Mejuto lleva los cuadros rumiados, con la primera disposición compositiva resuelta, pero no parece que su empeño sea cambiar mecánicamente los dibujos de escala. Consciente de que el lenguaje es diferente (los medios, el soporte), inicia otro proceso, unas veces paralelo pero otras divergente. Sin duda juego con la ventaja de saberle fotógrafo y de haber leído una anotación para un desplegable con motivo de otra individual, ésta del 2009: “Vou conducindo pola autoestrada. Vexo vir cara min un camión con remolque. É un rectángulo verde sobre fondo siena tostado. Ás veces para min isto é suficiente”. A los pintores se les conoce porque, vean lo que vean y hablen de lo que hablen, siempre se refieren a la pintura. Mejuto tiene el ojo avizor, preparado, dispuesto siempre a seleccionar una imagen, a darle otro sentido. Lo hace en la fotografía (se considera fotógrafo, no artista que hace fotografías), y es consciente de que su agudeza visual tiene que ver con el ritmo contemporáneo, impuesto por el cine y la televisión.

Empecé recordando algunas referencias para situar su pintura. Añado otras simplemente por señalar emociones, actitudes, no por afinidad en las imágenes: la manera (jocosa, desinhibida pero precisa) de llevar la pintura de Picabia, los cuadros de Fortunato Depero, las composiciones abstractas de Stuart Davis y las pinturas fieramente visuales de Sarah Morris. Mejuto parte de formas que abstrae, sintetiza, minimaliza hasta convertirlas casi en iconos; rompe la proximidad (la tentación) con el diseño por la seriedad con la que se impone resolver el problema desde la pintura, hasta el punto de dejarse llevar por ella, por su ritmo, modificando los bocetos previos. Su ritmo de trabajo es lento en la elaboración previa pero bastante rápido en la ejecución final; las formas tienen un aire orgánico que se corresponde con el toque manual de su pintura: no hay soluciones mecánicas ni fórmulas que aplicar, se trata simplemente de plantear cada cuadro como el primero. Como el último.

Miguel Fernández-Cid

Atlántica Centro de Arte.

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