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Jacinto Lara en la Sala Orive: Anotaciones al margen

Del 14 de junio de 2012 al 22 de julio de 2012

Depredadores fue la última ocasión que tuve para dialogar con la obra de Jacinto Lara. Durante la muestra de aquella serie en los Seminarios Fons Mellaria en 1993 convenimos trabar un texto sobre aquella serie para su exposición en la sala de la Casa de la Cultura de Palma del Río, un espacio en el que habíamos confluido en torno a numerosos proyectos. Han transcurrido casi veinte años, momento para romper el pacto de silencio sellado entonces. En este tiempo la obra, como todo proceso creativo transdisciplinar permanente, ha derivado como el agua de la lluvia, buscando un cauce fuerte entre los terrones resecos. Ha indagado diversos campos de expresión sin abandonar la acción crítica, ha reforzado su compromiso con el sistema del arte y con la cultura; también con otros artistas, en el espacio público o en su taller de puertas siempre entreabiertas.

Al mirar atrás y retomar el pulso al devenir de la obra, nos percatamos de que en la serie Depredadores como el cuadro se construía sobre un damero siempre incompleto de lienzos cuadrados. La acción principal acontecía precisamente en el módulo ausente. Las figuras, fragmentadas por dicha ausencia, prolongaban su anatomía de trazo vigoroso en nuestra mirada y ésta, sin dificultad, las dibujaba en la pared.

Al enlazar su obra de antaño con la actual reconocemos la constancia de algunos gestos y signos. A pesar de los grandes cambios experimentados en su obra, antes más centrada en la pintura y el grabado, ahora en el objeto; reconocemos una gramática universal. Y ello porque de manera persistente los procesos constructivos de inmediato dan paso a los desmaterializadores, que disuelven el plano, ya sea a través de la línea o con la mancha, en los papeles más fascinantes, en láminas de metal o directamente en el muro. Añadiendo o sustrayendo, mediante ensamblajes de materiales creados por procedimientos industriales o por manos artesanas, arrojando sombras sobre la cal, Jacinto Lara se apropia de la superficie para luego trascenderla y conceder autonomía a la forma. Trazar sombras forma parte del oficio de arquitecto y es cometido del escultor. También arte de la memoria, un ejercicio genealógico –o, si se quiere, arqueológico- en busca los orígenes, de la forma primigenia, para regalar a las sombras alguno de sus volúmenes posibles.

En cierto modo era previsible que esta fascinación por la línea y su interacción con el plano desembocara en la escultura. Una escultura esencial, esquemática, leve y a la vez rotunda, ya perceptible en su serie Fuentes. En el logro de esta desmaterialización y depuración de sus armas expresivas, no podemos dejar de remitirnos al haikú. La comprensión de su verdad, como proyecto estético, referencia morfológica y la asimilación de su elocuencia y capacidad de transgresión, tanto en el discurso como en el silencio, han inspirado la andadura de quienes, como Jacinto Lara, a fuerza de transitar las fronteras de lo lleno, acaban adentrándose en los ámbitos de la nada, ese extremo donde se llega a tocar el límite del vacío.

Jesús Alcaide al escribir sobre la Serie A la sombra de la memoria, afirmaba que las atalayas sobre las que mejor podemos asomarnos a la pintura de Jacinto Lara son la lógica de contrarios, los binomios en conflicto (gesto-geometría, figura-fondo, pulsión-reflexión, bidimensionalidad-tridimensionalidad, Oriente-Occidente...)

Al traspasar el hueco de las puertas entreabiertas apresa la atmósfera con prismas y otros artificios que ensambla en sus piezas para conducirnos al legado legendario de la escultura, a lejanas cosmogonías, al conocimiento del Tao o a la fascinación por caracteres y tipografías.

Esas referencias, antaño expresadas a través de la figura, ahora se han emancipado. El objeto ha suplantado al sujeto en su función simbólica y comunicativa. La obra como oposición de contrarios y como invitación al diálogo: comunicar y compartir experiencias, recuerdos, sonidos o sintonías. Esta voluntad llevó a Jacinto Lara a emprender ricas colaboraciones con Juan Zafra y, más recientemente, con creadores que trabajan en nuevas prácticas artísticas, como el arte sonoro de Juan de Dios García Aguilera o la videocreación de Tete Álvarez. El fruto de estas experiencias ha de valorarse en términos de interacción. Ángel Luis Pérez Villén así lo destacó con motivo de la presentación de la serie Ícaro en el Palacio de Viana de Córdoba, en 1994: “no se trata del acompañamiento musical y del documento videográfico que testimonia la existencia de una obra, sino de creaciones paralelas que en un determinado momento convergen…”

Como en un cuaderno de mareas, la obra avanza, se entrelaza y traza una singladura marcada por ciclos sucesivos, diferentes series, constantes en sus afectos, que declara en sus cartas a Hisae Yanase, a Juan Zafra… náufragos como él en un océano dorado mecido por el viento donde no sobrevuelan las aves porque los hombres no quisieron que hubieran árboles donde posarse, ramas para anidar, ni escaleras para ascender al cénit, o desde donde precipitarse al nadir. Por ello Jacinto Lara con vidrio y metal construye escaleras abiertas, escaleras puertas… que conducen a ningún lugar. Se trata de gestos de artista que permiten tomar consciencia del universo en el mar perdido de una campiña poblada de desengaños donde no se ha de mirar atrás porque si lo haces, no verás lo que viene delante de tus pasos.

En este tránsito por el mar de trigo, el encuentro entre la palabra y la imagen, entre la frase y el objeto, nos confirma una dimensión semántica que contribuye a diluir las fronteras entre el artista y el espectador, en una obra contenedora de textos, grafismos y alfabetos que germinan en las páginas entreabiertas del libro de la vida.

Federico Castro Morales.

Sala Orive

Plaza de Orive, s/n 14002, Córdoba

Córdoba

Tel.: 957 485 001